jueves, 24 de enero de 2008

MARIO QUINTANA

Llevo un par de días pegado aun pequeño libro, una recopilación de poemas de Mario Quintana. Se llama Puntos suspensivos y lo edita Los papeles del sitio. Me encanta. Aún más dándome cuenta de que nunca había oído hablar de él. No me acabo de acostumbrar a identificarme tanto con alguien a quien no conozco, a quien no conoceré –al menos en estas materialidades, murió en 1994. Mario Quintana fue, es, brasileño, de Algrete, nacido el penúltimo día de julio del lejano año de 1906. Su primer poemario apareció en 1940, lo tituló Rua dos Cataventos, y según cuenta García Maiquez, en él quedó ya marcado “el rumbo de su poesía, pues Quintana siempre declaró con desconcertante orgullo que el no evolucionó”. Después vendrían otros poemarios y relatos, y entre medias, siempre, sus famosos aforismos, escolios literarios tan célebres, tan personales, que acabaron por llamarse quintanares. Que dijera que escribía por necesidad, acaba por parecer una obviedad. Por eso me gusta más pensar que escribía para expresarse. Se ahogaba sin la pluma. El papel redentor de la literatura… bueno, no como algunos lo quieren entender, pero sí de alguna manera. Me gusta más que sea él mismo quien lo diga.

Quien escribe un poema, abre una ventana.
Respira, tú que estás en una celda
sofocante
todo el aire que entra…
Por eso los poemas tienen ritmo:
para que puedas respirar profundamente.

Quien escribe un poema, salva a un ahogado


¿Sólo eso? No más mucho más. Quintana no se dedicaba únicamente a “salvar”. Anhelaba algo más trascendente, buscaba la prolongación, la continuidad… la Alegría (título del poema que a mi me sirve de despedida y a ti, espero, de bienvenida a un nuevo autor)


No es esa alegría fácil de las cabras montesas
ni la de los borrachos dando tumbos
sino
una alegría sin cencerros ni panderetas…
Ésa quería yo:
La inmortal, la serena alegría que brilla en la mirada
de los santos
ante la luminosa presencia de la muerte.


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