lunes, 31 de marzo de 2008

"YO SÓLO SOY UN PUTO INTELECTUAL EUROPEO"

Lo he pasado estupendamente leyendo los comentarios escritos por una serie de jóvenes autores sobre ellos mismos. No se ponen de acuerdo sobre si son un grupo o no lo son; sobre los que están, dejan de estar, quieren estar y no están, o están y no quieren; sobre la pertinencia de una etiqueta que los diferencie de los más comerciales, etc.

La polémica surge a raíz de un artículo publicado en El Cultural de El Mundo en el que se engloba a algunos de ellos bajo la denominación Generación Nocilla (parece que les gusta más la expresión Generación AfterPop, feliz ocurrencia de Eloy Fernández Porta), en referencia al libro de Agustín Fernández Mallo Nocilla Dream. Un libro que nadie se atreve a definir, quizá por miedo a no encontrar nada definible, válido o susceptible de definición. La obra está compuesta de múltiples relatos que apenas guardan relación entre ellos. Se pretende –se ha pretendido- tenerla como un inicio o un exponente al menos de una nueva corriente basada en la fragmentación, en el retazo, en lo casual… Un tipo de literatura (perdón por la cursiva, pero uno ya se pierde ante la cantidad cosas que caben dentro de este saco) que, en palabras del propio Mallo,

“es, en efecto, una perversión del pop, una derivación metastásica y a lo mejor hasta hipertrofiada, o si se me permite hasta una perversión freak, pero muy muy freak. Me parece que en cierto modo todos los que hoy escribimos estamos ahí, ya que evidentemente nos empapamos de la “baja cultura pop” que nos rodea y la sublimamos o la utilizamos para hacer un producto de una supuesta “alta cultura pop” (si es que admitimos que a escribir libros hoy con referencias que el gran público no conoce se le podría llamar “alta cultura”)

Realmente interesante (nótese la fatal e incurable necesidad de usar términos transgresores, nunca falla). Estos mismos “inadaptados” (el término se lo confieren a sí mismos) se congratulan en sostener que “El pop ha muerto: lo que queda ahora es una reconstrucción de la alta cultura realizada a costa de sus ruinas". Así que, su empeño es la reconstrucción a base de ruinas culturales. Unas ruinas que más bien serán pedruscos, a juzgar por los primeros resultados. De todas formas no deja de ser divertido ver cómo se desneuronan intentando ser rompedores (o constructores, no se ofendan). Lean estas palabras del propio Mallo sobre su poesía:

“Para mi obra yo ya inventé un nombre, Poesía Postpoética, y de momento creo que sigo ahí. A lo mejor esa poesía postpoética es un subconjunto de lo afterpop, o a lo mejor viceversa, o a lo mejor nada tienen que ver, o a lo mejor son la misma cosa, no lo sé. En cualquier caso, creo que el término AfterPop habría que tomárselo en serio y darle un par de vueltas al asunto”

Es genial: Poesía Postpoética. Algo así como Hombre Posthumano o Arte Postartístico o Periodismo Postperiodístico o Algo Postalgo. Pero el colmo de la superación intelectual de estos jovenzuelos viene cuando se les pregunta por su razón de ser y responden (al menos lo he leído de dos de ellos) orgullosos eso de “yo sólo soy un puto intelectual europeo”. Sí, señor. Pero menos mal que son independiente, es decir, que viven orillados mal que les pese. La verdad es que bien mirado tiene su gancho eso del puto intelectual. Suena como muy transgresor, no sé, transmite carácter, fuerza, independencia. Quizá algún día me haga… Lo que no acabo de entender es eso de europeo. ¿Por qué europeo? ¿Por qué estancarte en un nivel intermedio? Coño, yo si fuera un puto intelectual, querría serlo a nivel mundial, que ya puestos… Pues eso.

martes, 25 de marzo de 2008

EL ESTUPOR Y LA MARAVILLA

Me decía que sentía la acuciante necesidad de traspasarse, que se encontraba cansado de mirar y tan sólo verse. De un tiempo a esta parte, confesaba angustiado en cierto modo por el recuerdo aún vívido de la reciente ausencia del mundo de los vivos, deseaba volver del destierro en las estepas de la ausencia. El pensamiento ido, ocupado en la obsesión de retornar, un día tras otro. Contaba que en los espacios se obligaba a apuntalar el mismo propósito de siempre; demasiado pesado, invariablemente terminaba por caer de nuevo al suelo, levantando un intenso polvo que se le metía en los ojos y no le dejaba ver, incluso después de frotárselos durante un buen rato. Tenía por lectura un buen libro, al que llegó por una crítica mucho mejor (seguramente la escribiera un amigo). El estupor y la maravilla, que así se llamaba, era la historia en primera persona de un vigilante de museo. Un museo expresionista. Un museo expresionista en primera persona, ¿existe una manera más terrible de sentirse desplazado? Y aunque en el libro encontraba perlas -pensamientos lúcidos- éstas no le salvaban del destierro. Él no es de los que va al desierto en busca de una cantimplora, aun estando ésta repleta de Möet Chandom. Así que, reconoció bajando la mirada, como si no fuera a comprenderle, dejó de leer; abandonó a Alois Vogel en una de las salas del museo y, enfilando la puerta, salió al exterior, a respirar aire nuevo. Quizá volviera, dentro de un tiempo, cuando la atrofia hubiera desaparecido.

Apuntaló de nuevo el propósito. Lo consiguió. Y vino corriendo a contármelo. Alois paseaba, mientras tanto, por una de las salas.

miércoles, 19 de marzo de 2008

ARTE Y BELLEZA

Cuando las dudas se abalanzan sobre uno con mayor rapidez de la que puede darles salida, respondiendo o esquivando, es inútil dar la espalda. Ahora me pregunto, porque muchos antes lo así lo hicieron, por el arte y la belleza. Y me acuerdo de un artista que no hace mucho se excusaba mientras presentaba su obra, -más allá de los ismos porque más acá quizá su talento no le permitiera instalarse- contraatacando con un ¿qué es el arte? a una petición para que explicara su obra.

Un hecho que me condiciona a pensar no muy benévolamente sobre la nula concepción artística contemporánea es la necesidad de echar mano de palabras huecas y pedantes para pretender una explicación de cierta obra. ¿Eran acaso necesarias para aprehender lo que Giotto, Velázquez, Murillo o Goya querían expresar? ¿Por qué ahora sí son necesarias? Es que hoy en día son necesarios decenas de críticos necesitados y periodistas adocenados para que un tal cualquiera se proclame artista. Y lo consigue. Claro que sí.

El arte y la belleza van -han de ir- de la mano. Por eso no es necesaria mayor explicación de un Velázquez más allá de las oportunas aclaraciones técnicas o pertinentes informaciones que hoy necesitamos, pero que probablemente un coetáneo del pintor rechazaría por obvias. No hay arte sin belleza, y la belleza está inscrita en la naturaleza humana, porque proviene del que Es. Por eso el arte es universal. No porque el marketing sí lo sea.

Otra cosa es que se alcancen cotas artísticas más elevadas en unas culturas que en otras. Exacto, (lo políticamente correctos que sigan leyendo, esto es para ellos) existen culturas superiores y culturas inferiores. Todos los hombres hemos sido creados con igual dignidad y amor, pero el desarrollo cultural ha avanzada más en algunos lugares que en otros. Donde más se ha desarrollado es obvio, en Occidente (no es menos cierto que la decadencia de las últimas décadas ha sido asimismo más acuciante). El piano de Mozart es una muestra de elevación cultural sobre el tambor aborigen. ¿Que por qué? Porque en él hay más belleza objetiva, más sintonía con la naturaleza humana y, por ende, con su Primera Causa, Dios.

Son muchos, muchos, los antropólogos, sociólogos e historiadores que se han molestado en proclamar la relatividad cultural, pregonando una absurda igualdad entre todas las culturas. Absurda porque en ningún momento se hace necesaria, ni lógica. Pero van más allá, apesadumbrados por una especie de sentimiento de culpa, y demonizan Occidente y toda su tradición. Así creen saldar una cuenta pendiente, criticando a sus padres, a su sociedad, a su cultura, en favor de una igualdad tan pretendida como artificiosa. Y dan pena.

Así pues, no hay arte sin belleza. Será otra cosa (originalidad, extravagancia, deseos de llamar la atención, pobreza intelectual, etc) pero nunca arte. Y dos, el arte, como la cultura, ha alcanzado cotas más altas en unas culturas que en otras.

martes, 18 de marzo de 2008

AVISO NOVELA MULTIENTRADA

Para un mejor seguimiento y lectura la novela ha sido trasladada a otro blog. La dirección es www.novelamultientrada.blogspot.com. Ahí podéis ver cómo va avanzando. Como alguno me ha mandado su aportación sin saber que ya había avanzado la trama, ruego la rehaga teniendo en cuenta lo avanzado en la dicha dirección.

Un saludo

jueves, 13 de marzo de 2008

COMIENZO DE UNA NOVELA

Este es el principio de una novela en línea. Es decir, cada uno puede continuarla como mejor considere. Se pueden hacer sugerencias o continuar escribiendo. ¿Cómo? Fácil, subiendo un comentario o mandando un mail a eleazars21@gmail.com. Los mails después los subiré al blog.
Como alguien tiene que empezar aquí dejo estas primeras líneas.
Ánimo.


En la soledad de una habitación, contenedora tan sólo de sombras, una mesa, una silla y un par de estantes repletos de piernas y brazos apilados, cabezas a medio peinar y algún que otro disfraz, se entretenía Juan Pedro todas las tardes, desde las cuatro, tras haber malcomido alguna lata de conservas. En un cuarto sin ventanas, la luz provenía de un pequeño flexo de mesa que alumbraba poco más que un metro cuadrado de materia, física o no, de la insana estancia. La atmósfera estaba siempre muy recargada al poco de entrar. Antes de su presencia tan sólo estaba cargada, merced al poco aire nuevo que entraba por los bajos de la puerta. El cigarro, de la boca al cenicero y viceversa, era parte de su cuerpo como evidenciaban unos dedos amarillos y unos dientes más opacos de lo normal. La mesa, amplia, soportaba el desorden de quien nada espera de la vida y se entrega a la desesperada labor de ver cómo van cayendo los granitos de arena por las estrecheces del reloj; de alguien que se alimenta por costumbre, que duerme por desgana; un ser asocial, ajeno al significado de la esperanza, aislado tras su piel. En su cara siempre la misma barba varios días persistente, no por dejadez sino porque desde la adolescencia -¿dónde queda?- se le irritaba la piel durante cada afeitado. Fue, en su tiempo, al dermatólogo, aprovechando un quiste, sebáceo le diría el especialista, que se le impuso en la espalda. Después de mirarle el insolente bulto –menos mal que estaban en febrero y no había piscina a la que ir- José Pedro aprovechó el momento. “No me puedo afeitar”, comenzó, “se me irrita la piel nada más empiezo”. El médico, que era muy reputado en su campo, siguió a lo suyo, escribiendo sin escucharle en una hoja tamaño cuartilla en la que ya estaba impreso su nombre y dirección de la consulta. Al acabar interpretó sus jeroglíficos. “Aplícate esto una vez al día –aquí señaló una palabra- con una gasa por el quiste –Juan Pedro alternaba la mirada entre la del propio médico, la cuartilla y el saltarín bolígrafo de plata- durante una semana –no es mucho, pensó el enquistado- y después vuelves a que te vea”. Ahora le avanzó la cuartilla, se levantó y le alargó la mano, esperando la de su paciente para estrecharla. Cuando ya estaba Juan Pedro para enfilar la puerta le dijo “De lo de la piel de la cara pregunta en la farmacia por alguna crema especial”. Pero no acabó por preguntar nunca y el consejo del reputado dermatólogo cayó en saco roto, yendo a morir sus palabras al cementerio del olvido. Así pues, la barba siguió creciendo y él siguió rasurándola una vez por semana, periodo suficientemente extenso como para que su piel no sufriera en demasía.

Ocupaba un piso de las afueras, dos habitaciones, cocina y salón. El segundo B. En el A vivían los Tortuera y, al otro lado de la escalera de servicio, un joven informático recién emancipado y un matrimonio, señor y señora Calvez, con su hijo. Con ellos sólo hablaba lo estipulado en el contrato tácito del buen vecino, es decir, del frío en invierno, del tremendo calor en verano y, alguna vez que se sentía expandido y locuaz, de lo cara que está la vida. Aunque le importaba una mierda cualquiera de estas cosas. En invierno se abrigaba, en verano ponía el aire acondicionado y a finales de mes cobraba más de lo que podía gastar, por lo que consideraba aquellas conversaciones simplemente como obligadas en el paso de una puerta o en la espera del ascensor. Pero nunca se quejaba, ni se alejaba refunfuñando, tan sólo dejaba que pasaran las cosas.

(Para ser continuado por vosotros)

martes, 11 de marzo de 2008

MAMÁ, QUIERO SER SEXY

Un interesante artículo de la escritora y articulista Carmen Posadas

Los médicos han dado la voz de alarma pero de momento nadie les hace demasiado caso: la infancia de nuestros hijos es, a los efectos, tres o cuatro años más corta de lo que fue la nuestra. El fenómeno no por curioso deja de ser inquietante. Las niñas, por ejemplo, ya no quieren jugar con plastilina o montar en bici, lo que quieren es bailar como Shakira, vestirse como Paulina Rubio y tener el pelo de Beyoncé. Lo malo es que también pretenden hacerse piercings, usar minifalda y tener “novio”. Pero el fenómeno va aún más allá.

Hace unos meses muchos pusieron un grito en el cielo por un anuncio de Armani en el que aparecían dos niñas asiáticas de seis o siete años maquilladas y vestidas de tal guisa que parecían un reclamo procaz que incitaba al turismo sexual. El anuncio fue retirado y la firma se disculpó pero a nadie se le escapa que la publicidad lo que hace es mirarse en el espejo de la sociedad y utilizar rasgos que ya existen en ella. Dicen los especialistas que la alimentación actual y la obesidad infantil adelantan la pubertad de modo que hoy las niñas y los niños se desarrollan antes; pero no solo se trata de eso.

En la oscarizada película Little Miss Sunshine puede verse cómo una familia de clase media hace todo tipo de locuras para que su niña de seis años llegue a tiempo de tomar parte en un concurso de belleza infantil en el que las participantes (maquilladas, peinadas y siliconadas) resultan ser la versión bonsái de Britney Spears o la tonta de Paris Hilton. El fenómeno no se limita a las niñas, los chicos también reclaman su acceso precoz a la feria de vanidades: uno pide que le hagan mechas rubias en el pelo, otro quiere un pendiente en la oreja y todos reclaman un piercing o un tatuaje. Según los expertos, el problema no es únicamente que con esta tendencia se les esté robando a unas y otros una etapa tan fundamental en la vida de todo ser humano como la niñez. El mayor problema reside en que la evidente erotización de la infancia eleva los riesgos de sufrir alteraciones de conducta, enamoramientos frustrados y por supuesto trastornos alimentarios tan temidos como la anorexia. Los medios de comunicación, la publicidad y los modelos a imitar (cantantes infantiles y demás monstruitos) potencian dicho fenómeno desde una edad tan temprana que los chicos no están formados para asumirla. En otras palabras, la sexualidad precoz acaba por eclipsar diversos aspectos importantes de la personalidad y se convierte en el único baremo válido para juzgar a alguien. Cada época tiene sus excesos y sus absurdos.

Cuando yo era niña, las chicas usábamos vestiditos de nido de abeja y los chicos pantalón corto hasta que las hormonas hacían de las suyas y a nosotras nos apuntaba el pecho y a ellos les crecían pelos en las piernas. Tal vez entonces, años recatados aquellos, se alargaba tontamente la infancia pero lo cierto es que tenía su encanto. Aún recuerdo mi primer lápiz de labios comprado a escondidas (trece años) y mis primeros zapatos de tacón (cerca de los catorce). Era yo por tanto una anciana comparada con estas lolitas actuales que andan ya pidiendo guerra a los ocho y que, probablemente, ni siquiera recuerdan cómo comenzaron en tales lides. Los distintos ritos iniciáticos –desde el bar-mitzva de los judíos a los tatuajes de los adolescentes maoríes, por ejemplo–, servían antaño para marcar la frontera entre la edad infantil y la adulta a los doce o trece años. Naturalmente no voy a ser tan retrógrada (ni tan ilusa) de pedir que volvamos a ellos, tampoco de que regrese la deliciosa posibilidad que tuvimos nosotros de ver cómo nuestra infancia se disolvía poco a poco hasta convertirse en adolescencia. Lo único que pretendo al señalar el fenómeno es alertar a ciertos padres que parecen encantados de que sus niños y niñas sean tan precoces. Pienso que sería mejor que los ayudasen a vivir y a disfrutar de su infancia un poco más y que les explicasen que ya tendrán tiempo harto suficiente de ser sexys, de enamorase y por supuesto de llorar y sufrir por amor. Ayudarles, en definitiva, a que nadie ni nada les robe la infancia porque es, todos los viejos lo sabemos, posiblemente la etapa más feliz de la vida.

viernes, 7 de marzo de 2008

AMOR EN LAS RUINAS

Cedo esta entrada a la magnífica reseña realizada por David Amado sobre Amor en las ruinas, libro de Walker Percy recientemente publicado en Ciudadela

¿Puede denominarse católica una novela en la que el protagonista escode su botella de Early Times e una gaveta repleta de miembros de plástico para suplir la impotencia masculina? Es más, ¿puede considerarse siquiera decente, cuado uno de los personajes es un ex cura apóstata que trabaja en la clínica Love controlando un ordenador orgásmico? ¿Se han vuelto locos el autor, su editor y quien escribe la reseña?

La respuesta a las dos primeras preguntas es afirmativa. A mí me parece que estamos ante una grandísima novela y que además es totalmente católica. Su tono es hilarante, del principio hasta el final, pero la caricatura que se hace no es de la fe, sino del hombre moderno, que vaga entre las ruinas buscando el amor sin acertar dónde encontrarlo. La sátira de Percy no es destructiva; podría decirse que desbroza el bosque de las incongruencias para despejar una salida en la que se salve el hombre.

Walter Percy (1916-1990), autor poco conocido por el público español está considerado como uno de los grandes escritores del siglo XX por la crítica de los Estados Unidos. En su biografía descubrimos algunas razones que le movieron a plantearse y a escribir sobre el sentido de la vida. Su padre se suicidó y su madre murió en un accidente de tráfico. ¿Qué condujo a su padre a tomar tal decisión? Walter Percy no dejaba de preguntárselo. A ello se unieron cinco años de convalecencia después de contraer una tuberculosis en el ejercicio de su profesión médica. Los pasó en la cama mientras la Guerra Mundial aumentaba sus preguntas. Es una época de lectura y reflexión que culminaría con su conversión al catolicismo en 1947.

Aunque decidió dejar la medicina y dedicarse a escribir, la fe le permitió una comprensión unitaria de la ciencia, el humanismo que le había inculcado su tío William Alexander Percy, con quien se había educado, y la teología. La síntesis que logra no deja de reflejarse en sus obras.

Amor en las ruinas, hace un acertadísimo diagnóstico del hombre moderno y su escisión. Percy ha elegido el camino de la sátira para construir su novela, y toda ella es tremendamente divertida. Al lector culto, sin embargo, no se le escaparán las influencias de grandes escritores como Toynbee o Tomás de Aquino. Parece que también conoce a fondo los existencialistas, con especial atención a Kierkegard y a Dostoievski. No sorprende, porque toda la novela trata del alma humana, que Percy toma en su desdoblamiento actual.

El Doctor Tom More, protagonista de la novela, ha inventado el Lapsómetro Ontológico Cualitativo-Cuantitativo, con la que puede leer en el alma de sus pacientes. Estos recuerdan al hombre posmoderno que busca armonías entre lo que no son más que desdoblamientos de su alma. Como él dice, su invento es “la primera esperanza para establecer un puente sobre la terrible grieta que ha desgarrado el alma del hombre occidental desde el tiempo en que el famoso filósofo Descartes estableció la separación del cuerpo y la mente y convirtió al espíritu en un fantasma que busca su propio hogar”.

Su invento, puede ser peligrosísimo si cae en malas manos, e incluso es posible que nos encontremos en la antesala del fin del mundo. Ambientada en el sur de los Estados Unidos, aparecen la novela conflictos raciales, experimentos de comunidades utópicas, huidas hacia espiritualidad de corte gnóstico,… que expresan el conflicto interior del hombre y la sociedad. En ese mundo que se deshace, en ruinas, el autor coloca a un antihéroe, esclavo de sus pasiones y carente de sentimiento de culpa. Pero, precisamente, no sentirla es lo que le hace caer en la cuenta de que pasa algo.

Esta novela de Percy, dentro del tono cómico y la trama de ficción, tiene un carácter profético. Pocas veces se ha dibujado con tanta exactitud, y atendiendo al escenario en que nos encontramos, que es tan ridículo como el que nos muestra el autor, el desquicie de una sociedad y un posible camino de salvación. Es la mejor propuesta de narrativa en lengua castellana que conozco en este momento. Vale la pena dedicar unas horas para compartir las aventuras de un médico que se nos presenta así: “Creo en Dios, pero en primer lugar me gustan las mujeres, después la música y la ciencia, después el whisky, luego, en cuarto lugar, Dios, y, por último, mis conciudadanos; aunque en estos últimos no creo casi nada”.

martes, 4 de marzo de 2008

DISYUNTIVA

En la amenidad que proporciona la rutina, tantas veces vivida que ya conocemos sus puntos débiles, es fácil encontrar esas pequeñas motivaciones para alcanzar la siguiente posta. Por los más pequeños resquicios de la pesada puerta de siempre entra el aire y, por muy pequeña que sea la abertura en la piedra, siempre cabe una pequeña luminosidad astral. La rendija y la abertura son lo mismo, y lo mismo animan. La habitación cerrada, la rutina, se aparece como prisión y por la roca –dura, áspera- sabemos dónde empieza y donde termina nuestro suceder. Claro que muchos dirán que se puede tirar la puerta y que las paredes no son más que representaciones de la interioridad y que, si se desea, todo aquello desaparece, que la vida es para vivirla, y que es posible volar alto y remar mar adentro. Y sí, es posible. Pero a veces uno quiere remar cuando está en tierra, y el esfuerzo es inútil, y en su memoria -ese armario desordenado y traicionero en el que nunca sabes que encontrarás al abrirlo- se almacena esa prenda pasajera de la vida, esperando el momento en el que habrá de estar dispuesta a retomar protagonismo. A saber cuándo.

Pero lo cierto es que ni la luz de una rendija alumbra lo suficiente ni la ventilación es posible a fuerza del poco aire que se cuela por la abertura, así que o se demuda el esquema o se fenece en su plasmación. La disyuntiva es evidente. Y ni uno es el primero en el duelo ni el último en la victoria, que gracias a Dios hay sobrados ejemplos, tanto en el pasado como en rededor de cada cual.

lunes, 3 de marzo de 2008

OSCAR WILDE

"Me pasé toda la mañana corrigiendo las pruebas de uno de mis poemas, y quité una coma. Por la tarde, volví a ponerla"