
Atardecía, y las sombras conquistaban inexorablemente la materia. La última puerta del pasillo, a mando derecha, estaba entornada, comunicando apenas el estudio con el resto de la casa. La lámpara que colgaba del techo, sencilla, permanecía apagada. Llamaba la atención una mesa, desplazada del centro hacía la ventana de dos hojas, en la pared contigua a la de la puerta. Entre mesa y ventanta una silla; sobre la silla Alfredo, que contemplaba casi toda la historia de occidente, atrapada tras los lomos de los libros que estaban en la estantería. Grecia, Roma (esplendor y caída), la Edad Media… y así hasta los contemporáneos, colocados de manera independiente al resto, como si se quisiera mostrar visualmente la quebradura. “Nadie cose remiendo de paño nuevo en un vestido viejo”. Y la ruptura fue. Sigue siendo.
Anochecía. Y Alfredo quedó dividido entre la luz del flexo y la penumbra. “Cada vez hay menos claridad”, pensó. Y en la estantería la brecha se hizo más patente.
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