COMIENZO DE UNA NOVELA

Este es el principio de una novela en línea. Es decir, cada uno puede continuarla como mejor considere. Se pueden hacer sugerencias o continuar escribiendo. ¿Cómo? Fácil, subiendo un comentario o mandando un mail a eleazars21@gmail.com. Los mails después los subiré al blog.
Como alguien tiene que empezar aquí dejo estas primeras líneas.
Ánimo.


En la soledad de una habitación, contenedora tan sólo de sombras, una mesa, una silla y un par de estantes repletos de piernas y brazos apilados, cabezas a medio peinar y algún que otro disfraz, se entretenía Juan Pedro todas las tardes, desde las cuatro, tras haber malcomido alguna lata de conservas. En un cuarto sin ventanas, la luz provenía de un pequeño flexo de mesa que alumbraba poco más que un metro cuadrado de materia, física o no, de la insana estancia. La atmósfera estaba siempre muy recargada al poco de entrar. Antes de su presencia tan sólo estaba cargada, merced al poco aire nuevo que entraba por los bajos de la puerta. El cigarro, de la boca al cenicero y viceversa, era parte de su cuerpo como evidenciaban unos dedos amarillos y unos dientes más opacos de lo normal. La mesa, amplia, soportaba el desorden de quien nada espera de la vida y se entrega a la desesperada labor de ver cómo van cayendo los granitos de arena por las estrecheces del reloj; de alguien que se alimenta por costumbre, que duerme por desgana; un ser asocial, ajeno al significado de la esperanza, aislado tras su piel. En su cara siempre la misma barba varios días persistente, no por dejadez sino porque desde la adolescencia -¿dónde queda?- se le irritaba la piel durante cada afeitado. Fue, en su tiempo, al dermatólogo, aprovechando un quiste, sebáceo le diría el especialista, que se le impuso en la espalda. Después de mirarle el insolente bulto –menos mal que estaban en febrero y no había piscina a la que ir- José Pedro aprovechó el momento. “No me puedo afeitar”, comenzó, “se me irrita la piel nada más empiezo”. El médico, que era muy reputado en su campo, siguió a lo suyo, escribiendo sin escucharle en una hoja tamaño cuartilla en la que ya estaba impreso su nombre y dirección de la consulta. Al acabar interpretó sus jeroglíficos. “Aplícate esto una vez al día –aquí señaló una palabra- con una gasa por el quiste –Juan Pedro alternaba la mirada entre la del propio médico, la cuartilla y el saltarín bolígrafo de plata- durante una semana –no es mucho, pensó el enquistado- y después vuelves a que te vea”. Ahora le avanzó la cuartilla, se levantó y le alargó la mano, esperando la de su paciente para estrecharla. Cuando ya estaba Juan Pedro para enfilar la puerta le dijo “De lo de la piel de la cara pregunta en la farmacia por alguna crema especial”. Pero no acabó por preguntar nunca y el consejo del reputado dermatólogo cayó en saco roto, yendo a morir sus palabras al cementerio del olvido. Así pues, la barba siguió creciendo y él siguió rasurándola una vez por semana, periodo suficientemente extenso como para que su piel no sufriera en demasía.

Ocupaba un piso de las afueras, dos habitaciones, cocina y salón. El segundo B. En el A vivían los Tortuera y, al otro lado de la escalera de servicio, un joven informático recién emancipado y un matrimonio, señor y señora Calvez, con su hijo. Con ellos sólo hablaba lo estipulado en el contrato tácito del buen vecino, es decir, del frío en invierno, del tremendo calor en verano y, alguna vez que se sentía expandido y locuaz, de lo cara que está la vida. Aunque le importaba una mierda cualquiera de estas cosas. En invierno se abrigaba, en verano ponía el aire acondicionado y a finales de mes cobraba más de lo que podía gastar, por lo que consideraba aquellas conversaciones simplemente como obligadas en el paso de una puerta o en la espera del ascensor. Pero nunca se quejaba, ni se alejaba refunfuñando, tan sólo dejaba que pasaran las cosas.

(Para ser continuado por vosotros)

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