EL ESTUPOR Y LA MARAVILLA

Me decía que sentía la acuciante necesidad de traspasarse, que se encontraba cansado de mirar y tan sólo verse. De un tiempo a esta parte, confesaba angustiado en cierto modo por el recuerdo aún vívido de la reciente ausencia del mundo de los vivos, deseaba volver del destierro en las estepas de la ausencia. El pensamiento ido, ocupado en la obsesión de retornar, un día tras otro. Contaba que en los espacios se obligaba a apuntalar el mismo propósito de siempre; demasiado pesado, invariablemente terminaba por caer de nuevo al suelo, levantando un intenso polvo que se le metía en los ojos y no le dejaba ver, incluso después de frotárselos durante un buen rato. Tenía por lectura un buen libro, al que llegó por una crítica mucho mejor (seguramente la escribiera un amigo). El estupor y la maravilla, que así se llamaba, era la historia en primera persona de un vigilante de museo. Un museo expresionista. Un museo expresionista en primera persona, ¿existe una manera más terrible de sentirse desplazado? Y aunque en el libro encontraba perlas -pensamientos lúcidos- éstas no le salvaban del destierro. Él no es de los que va al desierto en busca de una cantimplora, aun estando ésta repleta de Möet Chandom. Así que, reconoció bajando la mirada, como si no fuera a comprenderle, dejó de leer; abandonó a Alois Vogel en una de las salas del museo y, enfilando la puerta, salió al exterior, a respirar aire nuevo. Quizá volviera, dentro de un tiempo, cuando la atrofia hubiera desaparecido.

Apuntaló de nuevo el propósito. Lo consiguió. Y vino corriendo a contármelo. Alois paseaba, mientras tanto, por una de las salas.

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