viernes, 15 de febrero de 2008

DOSTOYEVSKI, DE NUEVO

Por caprichos del destino, pues no busqué en ningún momento la coincidencia, he leído últimamente tres libros de autoría rusa. ¡Qué distinto es el relatar eslavo del más propiamente occidental, qué diferencias en el enfoque, en el desarrollo, en el posicionamiento del propio autor, que no narra sino lo que pasa por su interior! Dos de los tres libros son de Dostoyevski. Con éstos ya son varios los títulos que de este autor he leído. Me gustan mucho, pero suelo acabar los libros cansado, un tanto exhausto. Dostoyevski no inventa situaciones imaginarias, ni mundos artificiales. No es mago de conejo y chistera. Todo lo contrario. En cierto modo, sus obras son un continuo recordar, entendido éste como “volver a pasar por el corazón” (recordar, de cor, cordis), por lo que los artificios lingüísticos no tienen lugar en sus textos. Los que podríamos confundir o los que pueden identificarse como tales no son más que la elegancia que siempre viste a la sencillez. Es notorio que en cada uno de sus libros permanece una gran parte del autor, atrapado en sus propias palabras. Lejos de ser un industrial de la literatura, se implica en cada obra, siempre con un fin, con un anhelo, de igual modo que en la vida. Al leerle se puede tener la sensación de que todo transcurre muy despacio, que falta acción, que sobran párrafos enteros. Ésa es su grandeza. Va desvelando la verdad de sus personajes poco a poco, perforando la superficialidad con las palabras, dejando que sus dudas, sus acciones y sus pensamientos transcurran naturalmente, y recorran así el camino necesario –a veces penoso- que haya de conducirles hacia la definición. Llegados a ese punto la novela se acaba. No tiene sentido, pensaría, el artificio que se agota en sí mismo.

1 comentario:

Enneas dijo...

"continuo recordar, entendido éste como “volver a pasar por el corazón” (recordar, de cor, cordis)"

Vaya, que interesante apreciación.