CARLOS ARNICHES

Cada vez que oigo una expresión chulesca, castiza, me acuerdo siempre de Carlos Arniches, el escritor que mejor ha conseguido plasmar este deje madrileño. Hace años que leí su recopilación de sainetes en Del Madrid castizo, una obra en la que es imposible (sobre todo si se es gato, digo yo) no acabar doblado por la risa, bien por las situaciones, bien por el expresarse de los personajes.

Ocurre que muchos textos de la literatura -los buenos y bien escritos- traen pareja una musicalidad que en ocasiones es identificable; en el caso de los sainetes, el chotis y la música de organillo prenden tras la primera palabra. Algunos, los menos imaginativos, se quejan de que recuerda a Concha Velasco en La verbena de la Paloma… ya, pues el hijo de mi jefe dibujó una niña en un papel y a alguno le recordó a La Gioconda.

Arniches (1866-1943) no pretendió ser grave ni obtuso, ni buscó la gloria por los derroteros de la seriedad y el academicismo. Nada más lejos, su mayor contentamiento era escuchar las risas del público durante las representaciones de sus obras. No lo digo yo, él mismo aseguraba que su pretensión era “hacer pasar unas horas de risa a los buenos espectadores [...] que tanto se merecen un poco de solaz y esparcimiento”. Y lo conseguía, sin ser burdo o zafio… y sin cobrar ningún tipo de canon.

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